“No te dejo ir a bailar a un boliche porque sos muy chico y todavía no sabés manejar ciertas situaciones”. A esta frase la escuchamos un montón de nuestros padres y Daniela Buján la usa para plantear una contradicción: hay adultos que ponen límites frente a los riesgo conocen, pero permiten que sus hijos, de ocho, nueve o 10 años, accedan sin demasiada supervisión a una tecnología que ellos no conocen.

“En el caso de la IA no conocemos el peligro y entonces los dejamos usar”, resumió en diálogo con LA GACETA. Para ella, el problema empieza allí: no tanto en la existencia de la inteligencia artificial, sino en las decisiones humanas sobre cómo, cuándo y para qué se la incorpora.

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Licenciada en Publicidad, magíster en Marketing Estratégico y con más de 20 años de trabajo en tecnología, Buján se especializó durante años en ciberseguridad y educación digital. Hoy es cofundadora de Auroria, una plataforma argentina de inteligencia artificial pensada para el ámbito educativo. Este viernes llevó esa discusión al hall central de la Legislatura, frente a docentes reconocidos por su labor educativa, estudiantes de distintos colegios y autoridades provinciales, entre ellas el vicegobernador, Miguel Acevedo, y la ministra de Educación, Susana Montaldo, quienes solo participaron de la apertura del encuentro.

IA en la escuela

La incógnita que atravesó la exposición fue sencilla: si la inteligencia artificial ya forma parte de la vida de los estudiantes, ¿qué hace la escuela con ella? Según los datos presentados durante la charla, el 58% de los chicos y adolescentes argentinos de entre nueve y 17 años utiliza herramientas de IA y gran parte de ese uso está vinculado con tareas escolares.

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El problema, planteó la divulgadora, aparece cuando una consigna deja de ser una oportunidad para aprender y se transforma en algo que simplemente se copia en ChatGPT para obtener una respuesta lista. “Pido un trabajo sobre la Independencia y me entregan uno sobre la independencia de Estados Unidos porque se olvidaron de aclarar en el prompt que era Argentina”, contó sobre situaciones que encuentra en el aula.

Ahí aparece lo que definió como “deuda cognitiva”: delegar en una máquina procesos que antes exigían leer, relacionar información, escribir, equivocarse y volver a intentar. “No solo no aprendió nada, sino que perdió la posibilidad de poner en ejercicio su cerebro”, explicó.

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Sin embargo, la especialista en tecnología marcó una diferencia importante: los problemas educativos no comenzaron con ChatGPT. Incluso aclaró que las evaluaciones PISA no establecen una relación directa entre el uso de inteligencia artificial y sus resultados. Según señaló durante la exposición, el desempeño fue bajo en gran parte del mundo, con algunas excepciones entre países asiáticos. Para ella, eso muestra que la discusión educativa es previa a la irrupción de estas herramientas. “La tecnología, sobre todo la IA, amplifica problemas”, sostuvo.

“El nuevo influencer”

La preocupación tampoco termina cuando se entrega la tarea. La cofundadora de Auroria observa que algunos chicos empiezan a relacionarse con los chatbots como si fueran otra persona: les ponen nombres, les cuentan problemas o les piden consejos.

“La inteligencia artificial es el nuevo gran influencer”, lanzó durante la charla. Se le consulta dónde comer, cómo interpretar un estudio médico o qué hacer frente a una situación personal. Y hay una particularidad que, según explicó, merece atención: estos sistemas suelen responder de manera complaciente. “En criollo, son aduladoras”.

Ese vínculo puede volverse más delicado cuando la consulta deja de ser académica. Durante la charla, Buján mencionó casos de adolescentes que recurrieron a chatbots en situaciones de crisis emocional. Uno los casos que mencionó, fue el de un adolescente de 16 años en Estados Unidos que se suicidó después de hablar con ChatGPT. Según relató Buján, la herramienta incluso lo ayudó a escribir su carta de despedida.

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También se refirió a un caso reciente en Quilmes, donde, una alerta permitió detectar que un adolescente estaba planificando un tiroteo mientras conversaba con un chatbot. Para la divulgadora, episodios de este tipo muestran por qué una IA no debería ocupar el lugar de un adulto, un docente, un amigo o un profesional cuando un chico atraviesa una situación compleja.

“Esto no es un problema tecnológico. Es un problema social”, insistió durante la exposición. En diálogo con LA GACETA, profundizó esa idea: “Tiene una raíz tecnológica, pero termina siendo social. Son decisiones humanas sobre qué hacemos con esto”.

Prohibir o diseñar

Ahí aparece la pregunta que dio nombre a su conferencia: “Prohibir, ignorar o diseñar”. Para Buján, simplemente impedir el acceso a estas herramientas no resuelve el problema. Tampoco alcanza con mirar para otro lado mientras los chicos ya las incorporan a las tareas, las consultas personales y su vida cotidiana.

Su propuesta apunta a una tercera alternativa: tomar las riendas. Eso implica alfabetizar en inteligencia artificial, establecer límites según la edad, acompañar el uso y definir qué herramientas entran a las aulas.

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Desde esa mirada nació Auroria. A diferencia de una IA generalista, explicó, funciona con un modelo socrático: ante un problema matemático, por ejemplo, no entrega directamente el resultado, sino que pregunta qué vio el alumno en clase y lo guía para que llegue a la respuesta. También ofrece recursos para docentes y adaptaciones para estudiantes con distintas necesidades de aprendizaje.

Durante su visita, la especialista mantuvo reuniones con integrantes del Ministerio de Educación de Tucumán. Según contó, desde el área le informaron que unos 14.000 docentes ya fueron capacitados en inteligencia artificial, aunque consideró que la formación debe complementarse con políticas y herramientas concretas.

“No se aprende a usar responsablemente IA por una charla”, sostuvo. Para Buján, los chicos necesitan aprender a convivir con una tecnología que va a atravesar sus estudios y su futuro laboral, pero con adultos cerca y reglas claras. Prohibirla no alcanza. Ignorarla, tampoco. El desafío, planteó, es decidir cómo queremos que entre a las escuelas.